Livia Corona Benjamin

La obra de Livia Corona Benjamin explora las implicaciones de la fotografía y la arquitectura y el cómo éstas afectan y modifican la experiencia humana. Por más de una década, su obra se ha caracterizado por su interés en las complejidades de la inticiativa gubernamental y sus respectivas consecuencias sobre la población.
 
Corona Benjamin fue becaria de la John Simon Guggenheim Fellowship, con su proyecto Dos Millones de Casas para México y es actual becaria del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA) de México, Nadie Sabe, Nadie Supo, el cual relaciona aspectos de representación y simbolismo plástico con la historia de los más de 4000 Graneros del Pueblo, construidos a través de zonas rurales en la República Mexicana por la Comisión Nacional de Subsistencias Populares (CONASUPO 1961-1999).
 
Su trabajo ha sido exhibido alrededor del mundo, incluyendo el New Museum, Nueva York; Pinakothek der Moderne, Münich; Bronx Museum of the Arts, Nueva York; Museo Rufino Tamayo, Ciudad de México; Institut Valencia d’Art Modern, Valencia (IVAM), España; Museo de Arte Moderno (MAM), Ciudad de México, México; Palais des Beaux-Arts, Bruselas, Bélgica; Ballroom Marfa, Marfa Texas; Fundación Joan Miró, Palma de Mallorca, España; Museo de Copenhagen en Dinamarca; Galería Agustina Ferreyra, San Juan, Puerto Rico; Sgorbati Projects, Nueva York; y en una próxima exposición en 2017 en el Los Angeles County Museum of Art, California (LACMA), titulada Home - So Different, So Appealing, comisariada por Pilar Tompkins Rivas, Chon A. Noriega y Mari Carmen Ramírez.
 
Sus obras se encuentran en la colección del Portland Museum of Art; Mount Holyoke College Art Museum; William Benton Museum of Art, la Colección Berezdivin; al igual que en diversas colecciones privadas.
 
Es autora de dos monografías: Enanitos Toreros, 2008 y Of People and Houses, 2009. Actualmente se encuentra preparando un tercer libro sobre su aclamada serie Dos Millones de Casas para México.
 
La obra de Corona Benjamin se realiza entre la Ciudad de México, Nueva York y su ciudad natal Ensenada, Baja California.

47,547 Homes for Mexico,

En 2000, el entonces candidato presidencial mexicano Vicente Fox Quesada propuso un plan sin precedentes para construir dos millones de casas de interés social en todo el país durante su sexenio. 

En la víspera de las elecciones, Fox proclamó: “Mi presidencia será recordada como la era de la vivienda pública” Para poner en práctica esta iniciativa, el Instituto del Fondo Nacional para la Vivienda de los Trabajadores (Infonavit), dependiente del gobierno federal, cedió la construcción de viviendas de interés social a un pequeño grupo privado de inversionistas inmobiliarios. Entonces, casi de un día para otro, empezaron a aparecer manzanas de entre 20,000 y 80,000 viviendas idénticas que continúan extendiéndose por las zonas rurales en todo el territorio del país. Toparse con estas unidades habitacionales por tierra, aire o incluso en imágenes tomadas vía satélite, evoca una rara sensación. No son barrios que representen el sueño realizado de “Hogar, dulce hogar”, sino que son manzanas ubicuas de intervención ecológica y social a una escala y de consecuencias difíciles de comprender. En estos lugares, la urbanización se reduce a la mera construcción de viviendas. Casi no hay servicios públicos, como escuelas, parques y sistemas de transporte. Hay pocos establecimientos comerciales, como bancos y supermercados. Sin embargo, la demanda de estas casas para el sector de bajos ingresos sigue aumentando y los promotores inmobiliarios continúan proporcionándolas con suma eficiencia. Durante los seis años de la presidencia de Fox, se construyeron 2,350,000 viviendas, a un ritmo de 2,500 diarias, y esta tendencia continúa. 

Desde 2003, he estado estudiando estas unidades habitacionales en Two Million Homes for Mexico.
Por medio de imágenes, películas y entrevistas, busco el espacio entre las promesas y su cumplimiento. En mis fotografías de numerosos complejos inmobiliarios de todo el país pienso en
la rápida redefinición de la vida de pueblo en México y la repentina transformación del paisaje ecológico y social mexicano. Estos desarrollos urbanos marcan una profunda evolución de nuestra forma de poblar el mundo. En mi trabajo, trato de dar forma al efecto que producen en la experiencia del individuo: ¿qué sucede exactamente en estas dos millones de casas? ¿Cómo van cambiando con el paso del tiempo? ¿Cómo se desenvuelven decenas de miles de vidas en estas condiciones culturales de confinamiento singular?

impresión cromogénica, 75 x 100 cm, edición de 5 + 2 PA
Ixtapaluca, México, 2009
Neighborhood Friends,

En 2000, el entonces candidato presidencial mexicano Vicente Fox Quesada propuso un plan sin precedentes para construir dos millones de casas de interés social en todo el país durante su sexenio. 

En la víspera de las elecciones, Fox proclamó: “Mi presidencia será recordada como la era de la vivienda pública” Para poner en práctica esta iniciativa, el Instituto del Fondo Nacional para la Vivienda de los Trabajadores (Infonavit), dependiente del gobierno federal, cedió la construcción de viviendas de interés social a un pequeño grupo privado de inversionistas inmobiliarios. Entonces, casi de un día para otro, empezaron a aparecer manzanas de entre 20,000 y 80,000 viviendas idénticas que continúan extendiéndose por las zonas rurales en todo el territorio del país. Toparse con estas unidades habitacionales por tierra, aire o incluso en imágenes tomadas vía satélite, evoca una rara sensación. No son barrios que representen el sueño realizado de “Hogar, dulce hogar”, sino que son manzanas ubicuas de intervención ecológica y social a una escala y de consecuencias difíciles de comprender. En estos lugares, la urbanización se reduce a la mera construcción de viviendas. Casi no hay servicios públicos, como escuelas, parques y sistemas de transporte. Hay pocos establecimientos comerciales, como bancos y supermercados. Sin embargo, la demanda de estas casas para el sector de bajos ingresos sigue aumentando y los promotores inmobiliarios continúan proporcionándolas con suma eficiencia. Durante los seis años de la presidencia de Fox, se construyeron 2,350,000 viviendas, a un ritmo de 2,500 diarias, y esta tendencia continúa. 

Desde 2003, he estado estudiando estas unidades habitacionales en Two Million Homes for Mexico.
Por medio de imágenes, películas y entrevistas, busco el espacio entre las promesas y su cumplimiento. En mis fotografías de numerosos complejos inmobiliarios de todo el país pienso en
la rápida redefinición de la vida de pueblo en México y la repentina transformación del paisaje ecológico y social mexicano. Estos desarrollos urbanos marcan una profunda evolución de nuestra forma de poblar el mundo. En mi trabajo, trato de dar forma al efecto que producen en la experiencia del individuo: ¿qué sucede exactamente en estas dos millones de casas? ¿Cómo van cambiando con el paso del tiempo? ¿Cómo se desenvuelven decenas de miles de vidas en estas condiciones culturales de confinamiento singular?

C-print, 30 x 40 in, edition of 5 + 2 AP
Tijuana, México. 2000
Nadie Sabe Nadie Supo I,

Para la muestra colectiva inaugural de Parque Galería, Livia Corona Benjamin realizó una pintura al óleo y una serie de seis fotografías, seleccionadas de su extensa documentación de silos cónicos, denominados por la extinta CONASUPO (Compañía Nacional de Subsistencias Populares) como los “Graneros del Pueblo”, cuya construcción inició en 1966, como una iniciativa gubernamental de apoyo al campo. La función designada a los silos cónicos de CONASUPO fue la de centro de acopio del producto agrícola de granos y legumbres, con los objetivos de garantizar el precio de compra al campesino mexicano; subsidiar el precio de venta al consumidor nacional y, paralelamente, incrementar su precio de venta al mercado extranjero.
 
Entre 1962 y 1991 ejidatarios y campesinos construyeron, en sus respectivas zonas, aproximadamente más de 4000 silos a lo largo de regiones rurales, y remotas, de la República Mexicana; todos ellos basados en un único plano arquitectónico de Pedro Ramírez Vázquez, el arquitecto comisionado por CONASUPO para el diseño de estas instalaciones, cuya forma cónica asemeja a la tradicional del granero zacatecano en tiempo de la Colonia.
 
Debido a la entrega de los planos a las comunidades ejidales, encargadas de la edificación, la apariencia final de los silos es una suerte de infinitas interpretaciones y adaptaciones; cada una determinada por el material local y la aptitud de la mano de obra disponible en la región.
 
En 1970, sólo ocho años después de la fundación de CONASUPO, un total de 3,558 “Graneros del Pueblo” habían sido construido en 1,109 comunidades agrarias, abarcando así 21 estados de la República Mexicana. Sin embargo, dada la premura y la improvisación con la que los silos fueron planeados y construidos, para 1971 sólo el 15% de los silos estaban funcionando. Aunando a ello, las fuerzas de la corrupción, después de administraciones como la de Hank González (1961) y la de Raúl Salinas de Gortari (1980), generaron una opacidad tan en las finanzas de la compañía que la llevó a su clausura en el año de 1999, dejando en el lexicón nacional la frase: “Nadie sabe, nadie supo, qué fue de la CONASUPO”, y sus más de 4000 silos abandonados.
 
Después de la desarticulación de CONASUPO, muchos de los silos cónicos quedaron en el paisaje como un silencioso patrimonio arquitectónico de un gesto casi socialista ocurrido en décadas no muy lejanas a nuestra actualidad. Al igual que las pirámides prehispánicas de Latinoamérica, las cuales provocan imaginar a un México antes de la conquista; los silos de CONASUPO incitan a reflexionar sobre la existencia de un país donde la sustentabilidad del campo hubiera sido posible.
 
En la actualidad, mientras que miles de silos permanecen vacíos, otros han sido sometidos a una reapropiación por parte de las comunidades, que los han dotado de los más diversos usos: aulas escolares, corral para criar cerdos, iglesia Evangelista, casa privada, centro médico rural, bodega de plomería, hotel de paso, palomar, nido de ardillas, picadero, inodoro, fundidor de metales y demás usos aún por identificarse.
 
Un dato clave para este ejercicio es que toma su inspiración en las dos pinturas que Francisco Goitia realizó de silos de grano de forma similar, que fueron construidos en Santa Bárbara, Zacatecas, a finales de 1800, a través de las cuales exploró las condiciones de color y luz sobre la arquitectura.
 
Mientras que el pintor estudió la forma del edificio iluminado por distintas condiciones de luz natural, Corona recoge las fotografías que realizó de los graneros a través de toda la República, y en una referencia al plano de Ramírez Vázquez, ella también utiliza un único negativo, que manipula, en su taller con un método totalmente análogo, a través de procesos de luz que le permiten originar imágenes que se fracturan con cada capa de exposición lumínica, y que generan progresivamente marcas de colores, con gamas no existentes en el negativo en blanco y negro original. Esas marcas funcionan como aparentes pixeles explotados, metódicamente desalineados, los cuales se superponen para formar cambios en sus diversos patrones ópticos, en un intento de llegar a la representación infinita de una sola imagen.

Inyección de tinta sobre papel algodón, piedras de coral, ónix, turquesa, 103 x 78 cm, pieza única
2015
Nadie Sabe Nadie Supo IV,

Para la muestra colectiva inaugural de Parque Galería, Livia Corona Benjamin realizó una pintura al óleo y una serie de seis fotografías, seleccionadas de su extensa documentación de silos cónicos, denominados por la extinta CONASUPO (Compañía Nacional de Subsistencias Populares) como los “Graneros del Pueblo”, cuya construcción inició en 1966, como una iniciativa gubernamental de apoyo al campo. La función designada a los silos cónicos de CONASUPO fue la de centro de acopio del producto agrícola de granos y legumbres, con los objetivos de garantizar el precio de compra al campesino mexicano; subsidiar el precio de venta al consumidor nacional y, paralelamente, incrementar su precio de venta al mercado extranjero.
 
Entre 1962 y 1991 ejidatarios y campesinos construyeron, en sus respectivas zonas, aproximadamente más de 4000 silos a lo largo de regiones rurales, y remotas, de la República Mexicana; todos ellos basados en un único plano arquitectónico de Pedro Ramírez Vázquez, el arquitecto comisionado por CONASUPO para el diseño de estas instalaciones, cuya forma cónica asemeja a la tradicional del granero zacatecano en tiempo de la Colonia.
 
Debido a la entrega de los planos a las comunidades ejidales, encargadas de la edificación, la apariencia final de los silos es una suerte de infinitas interpretaciones y adaptaciones; cada una determinada por el material local y la aptitud de la mano de obra disponible en la región.
 
En 1970, sólo ocho años después de la fundación de CONASUPO, un total de 3,558 “Graneros del Pueblo” habían sido construido en 1,109 comunidades agrarias, abarcando así 21 estados de la República Mexicana. Sin embargo, dada la premura y la improvisación con la que los silos fueron planeados y construidos, para 1971 sólo el 15% de los silos estaban funcionando. Aunando a ello, las fuerzas de la corrupción, después de administraciones como la de Hank González (1961) y la de Raúl Salinas de Gortari (1980), generaron una opacidad tan en las finanzas de la compañía que la llevó a su clausura en el año de 1999, dejando en el lexicón nacional la frase: “Nadie sabe, nadie supo, qué fue de la CONASUPO”, y sus más de 4000 silos abandonados.
 
Después de la desarticulación de CONASUPO, muchos de los silos cónicos quedaron en el paisaje como un silencioso patrimonio arquitectónico de un gesto casi socialista ocurrido en décadas no muy lejanas a nuestra actualidad. Al igual que las pirámides prehispánicas de Latinoamérica, las cuales provocan imaginar a un México antes de la conquista; los silos de CONASUPO incitan a reflexionar sobre la existencia de un país donde la sustentabilidad del campo hubiera sido posible.
 
En la actualidad, mientras que miles de silos permanecen vacíos, otros han sido sometidos a una reapropiación por parte de las comunidades, que los han dotado de los más diversos usos: aulas escolares, corral para criar cerdos, iglesia Evangelista, casa privada, centro médico rural, bodega de plomería, hotel de paso, palomar, nido de ardillas, picadero, inodoro, fundidor de metales y demás usos aún por identificarse.
 
Un dato clave para este ejercicio es que toma su inspiración en las dos pinturas que Francisco Goitia realizó de silos de grano de forma similar, que fueron construidos en Santa Bárbara, Zacatecas, a finales de 1800, a través de las cuales exploró las condiciones de color y luz sobre la arquitectura.
 
Mientras que el pintor estudió la forma del edificio iluminado por distintas condiciones de luz natural, Corona recoge las fotografías que realizó de los graneros a través de toda la República, y en una referencia al plano de Ramírez Vázquez, ella también utiliza un único negativo, que manipula, en su taller con un método totalmente análogo, a través de procesos de luz que le permiten originar imágenes que se fracturan con cada capa de exposición lumínica, y que generan progresivamente marcas de colores, con gamas no existentes en el negativo en blanco y negro original. Esas marcas funcionan como aparentes pixeles explotados, metódicamente desalineados, los cuales se superponen para formar cambios en sus diversos patrones ópticos, en un intento de llegar a la representación infinita de una sola imagen.

Fotograma en papel cromogénico, impresión análoga única, 73 x 63 cm, pieza única,
2015
Nadie Sabe Nadie Supo V,

Para la muestra colectiva inaugural de Parque Galería, Livia Corona Benjamin realizó una pintura al óleo y una serie de seis fotografías, seleccionadas de su extensa documentación de silos cónicos, denominados por la extinta CONASUPO (Compañía Nacional de Subsistencias Populares) como los “Graneros del Pueblo”, cuya construcción inició en 1966, como una iniciativa gubernamental de apoyo al campo. La función designada a los silos cónicos de CONASUPO fue la de centro de acopio del producto agrícola de granos y legumbres, con los objetivos de garantizar el precio de compra al campesino mexicano; subsidiar el precio de venta al consumidor nacional y, paralelamente, incrementar su precio de venta al mercado extranjero.
 
Entre 1962 y 1991 ejidatarios y campesinos construyeron, en sus respectivas zonas, aproximadamente más de 4000 silos a lo largo de regiones rurales, y remotas, de la República Mexicana; todos ellos basados en un único plano arquitectónico de Pedro Ramírez Vázquez, el arquitecto comisionado por CONASUPO para el diseño de estas instalaciones, cuya forma cónica asemeja a la tradicional del granero zacatecano en tiempo de la Colonia.
 
Debido a la entrega de los planos a las comunidades ejidales, encargadas de la edificación, la apariencia final de los silos es una suerte de infinitas interpretaciones y adaptaciones; cada una determinada por el material local y la aptitud de la mano de obra disponible en la región.
 
En 1970, sólo ocho años después de la fundación de CONASUPO, un total de 3,558 “Graneros del Pueblo” habían sido construido en 1,109 comunidades agrarias, abarcando así 21 estados de la República Mexicana. Sin embargo, dada la premura y la improvisación con la que los silos fueron planeados y construidos, para 1971 sólo el 15% de los silos estaban funcionando. Aunando a ello, las fuerzas de la corrupción, después de administraciones como la de Hank González (1961) y la de Raúl Salinas de Gortari (1980), generaron una opacidad tan en las finanzas de la compañía que la llevó a su clausura en el año de 1999, dejando en el lexicón nacional la frase: “Nadie sabe, nadie supo, qué fue de la CONASUPO”, y sus más de 4000 silos abandonados.
 
Después de la desarticulación de CONASUPO, muchos de los silos cónicos quedaron en el paisaje como un silencioso patrimonio arquitectónico de un gesto casi socialista ocurrido en décadas no muy lejanas a nuestra actualidad. Al igual que las pirámides prehispánicas de Latinoamérica, las cuales provocan imaginar a un México antes de la conquista; los silos de CONASUPO incitan a reflexionar sobre la existencia de un país donde la sustentabilidad del campo hubiera sido posible.
 
En la actualidad, mientras que miles de silos permanecen vacíos, otros han sido sometidos a una reapropiación por parte de las comunidades, que los han dotado de los más diversos usos: aulas escolares, corral para criar cerdos, iglesia Evangelista, casa privada, centro médico rural, bodega de plomería, hotel de paso, palomar, nido de ardillas, picadero, inodoro, fundidor de metales y demás usos aún por identificarse.
 
Un dato clave para este ejercicio es que toma su inspiración en las dos pinturas que Francisco Goitia realizó de silos de grano de forma similar, que fueron construidos en Santa Bárbara, Zacatecas, a finales de 1800, a través de las cuales exploró las condiciones de color y luz sobre la arquitectura.
 
Mientras que el pintor estudió la forma del edificio iluminado por distintas condiciones de luz natural, Corona recoge las fotografías que realizó de los graneros a través de toda la República, y en una referencia al plano de Ramírez Vázquez, ella también utiliza un único negativo, que manipula, en su taller con un método totalmente análogo, a través de procesos de luz que le permiten originar imágenes que se fracturan con cada capa de exposición lumínica, y que generan progresivamente marcas de colores, con gamas no existentes en el negativo en blanco y negro original. Esas marcas funcionan como aparentes pixeles explotados, metódicamente desalineados, los cuales se superponen para formar cambios en sus diversos patrones ópticos, en un intento de llegar a la representación infinita de una sola imagen.

Collage de fotogramas impresos sobre papel cromogénico, impresión sobre papel algodón, impresión cromogénica digital, piedra de jade, 78 x 63 cm, pieza única
2015